lunes, 28 de septiembre de 2026

UNA BOTELLA EN EL MAR


El viejo no había tenido una buena vida, pero la adversidad no había triunfado con él porque no logró oscurecer su alma; aún esperaba lo mejor de cada nueva persona que conocía. Desde un punto de vista más general y espiritual, el viejo había triunfado, pero él ni lo sospechaba.
Tomó las redes, las echó al bote, dijo sus oraciones y se metió mar adentro, con ansiedad de una buena pesca porque se acercaba fin de mes: la renta, la cuenta del bar, del granero y no tenía un peso. Ya en el punto de destino, echó las redes al mar. Algo tocó su bote; como un golpeteo escuchó. ¿Un delfín? ¿Un pez muerto? Se asomó y era una botella de vidrio blanco de un raro diseño, con un corcho en la punta, y agudizando su vista vio que contenía un papel enroscado. Si contenía un mensaje, era toda una carta en una botella. Muchas veces había escuchado que sus colegas habían encontrado alguna, pero era la primera que encontraba él. La tomó, la destapó y extrajo la carta, la cual decía:
Estimada humanidad: he descubierto el poder de hacer un pacto de amor con Dios, y le he pedido a Él, con una fervorosa oración, que la afortunada persona que lo lea, al estar conectada con el todo, lo escriba en la mente de toda la humanidad. El mensaje es este: Debe hacer un pacto de amor con Dios. Recién bañado, vestido de blanco, encienda una vela, lea el Sermón del Monte, Mateo 5, lea el Salmo 91 y la oda al amor de Pablo en Corintios. Primero debe matar su ego, el verdadero enemigo, transformarse en el amor, en la voluntad de Dios. Imagine que con una espada de luz se la clava, mata su ego y se transforma en uno con Dios. Con una fervorosa oración, dígale a Dios que hace un pacto de amor, de no violencia física, no odiar, no criticar, no insultar al prójimo, de no pecar, no glotonerías; desde ahora todo en forma equilibrada. Prometa hacer la mayor cantidad de buenas obras posibles, sin exageraciones, y de predicar, pues todos tenemos ese mandamiento. Si usted hace esto radicalmente y de todo corazón usted subirá a los espíritus más elevados de Dios, y para empezar lo verá todo con mucha más claridad y desde un nuevo ángulo impensado, porque el amor y la luz son sinónimos; ahí comprenderá sutiles lecciones del ser. En ese estado de gracia: su mundo será transformado, recibirá mucho poder, sus deseos se concretarán al instante, las enfermedades, accidentes y delincuencia se alejarán de ustedes. Sus enemigos, incluso la policía, le temerán, porque su proximidad hará que la justicia divina se precipite sobre ellos más rápido. Entrará como en una especie de segunda inocencia, porque dejará de ser una pieza del tablero y será el tablero. Supuestamente estamos en la 3D, pero en amor, siendo Dios amor, estamos en todas y en el centro del universo, al ladito de Dios. Obviamente el mal no lo dejará escapar tan fácilmente, pero si soporta su embate… cae dentro del jardín de las delicias… de las deliciosas sincronisidades con Dios. Como dice la frase: cambia de pensamiento, cambia de realidad, cambia de dimensión. Finalmente apague la vela diciendo tres veces: que su luz resplandezca por siempre en mí. Luego de comprobar que esta carta se cumplió punto por punto, cuéntele a quien crea correcto del poder de hacer un pacto de amor con Dios.
El viejo dijo: «Estoy de blanco, tengo una vela y una Biblia en la mochila; nada me impide hacerlo ahora mismo». Se tiró al mar con más conciencia de que se estaba bautizando que de que se estaba bañando; se subió al bote, se secó un poco, encendió la vela y leyó la Biblia. Imaginó matar su ego y se consagró a Dios como enseñaba la carta, y apagó la vela diciendo: «Que su luz resplandezca por siempre en mí», tres veces. Una sutil paz floreció en él. Tomó los remos y volvió a la playa. Una caña de pescar de primera calidad con carrete estaba en el lugar donde él siempre recogía la red, pero ¿quién la habría puesto? Él nadie había visto por la solitaria playa.
Comenzó a recoger la red y le sorprendió lo increíblemente pesada que estaba. Justo llegaron sus amigos y ya de lejos los llamó para que lo ayudaran.
—¿Qué te pescaste, viejo? ¿Moby Dick? —bromeó uno.
Cuando los peces empezaron a asomarse, la cantidad era inverosímil, de toda clase y colores.
—¿Qué pasó acá? —dijo el otro colega.
Él lo sabía muy bien, pero no se los diría con tanta facilidad. Los peces eran un total de 250 y alcanzó para compartir con sus amigos y hasta con los indigentes de la playa, que nunca faltan para pedir.
Al llegar al mercado, otra buena noticia lo sorprendió: el precio había subido y le alcanzó para pagar todas sus deudas y ahorrar un poco. Ya iba comprendiendo de qué se trataban esas sincronisidades. Caminando a su casa, gritó: «¡No lo puedo creer!», y se estrechó en un fuerte abrazo con su hermano que vivía en España.
—Hermano de mi alma, te extrañaba horrores. Vos siempre con tus visitas sorpresa.
—Yo te extrañaba más. ¿Cómo has estado? Te traje muchos regalos.
—Vamos a casa a destaparlos —le dijo, ya conociendo su afición por los buenos vinos.
Al llegar a su casa lo sorprendió el orden y la limpieza; él no había dejado la casa así, y solo una persona tenía la llave de la vivienda: ella era Beatriz, quien se asomó desde la cocina.
—Buenos días —dijo sonriente.
Con su visita imprevista, Beatriz le estaba diciendo tácitamente que sí quería casarse con él, lo cual hacía rebosar de felicidad al viejo.
«¡Dios mío, basta, te creo, te creo, el pacto funciona!», dijo para sus adentros.
Cenando con su novia y su hermano, se decidió a contarles lo ocurrido. Justo ahí dijo:
—Yo también tenía un buen regalo para vos y también es en una botella...
Pero menuda sorpresa se llevó cuando no estaba en su mochila. No podía ser… pero sí podía ser teniendo en cuenta el más allá… Comprendió que si le quería dar el mensaje a su hermano se lo debía decir palabra por palabra, y contarle todo lo ocurrido; y, si se quiere, sería su primera prédica.
Las hermosas sincronisidades siguieron acariciando su vida, y él cumplió su pacto punto por punto. Determinaba con minuciosa precisión con quién compartir su gran secreto; no se volvió multimillonario, pero sí era mucho más feliz y, si bien las señales exteriores eran grandes, el cambio mayor fue interior: al cambiar de frecuencia, cambió su realidad. Un viaje sin moverse. O moviéndose interiormente, la famosa libertad interna, la fresa celestial de la torta de la espiritualidad. Cada tanto solía imaginar la botella en el mar, a la buena de Dios, esperando al buenaventurado, como seguramente estará también en internet y de diferentes maneras, y desde ya en cada Biblia y templo del mundo… pues, como dice la comunicación, el mensaje está en el receptor. FIN





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